viernes, 9 de marzo de 2012

noche de reyes cap. 5




Escena V
Entran María y Feste, el bufón.
María.- O me dices dónde has estado o mis labios nos e abrirán para tu descargo. ¡No se me vaya a meter un pelo! Mi señora hará que te cuelguen por tu tardanza.
Feste.- ¡Sí, sí, que me cuelguen! Que no habré de temer ni a colores, cuellos o collares.
María.- Habla en cristiano.
Feste.- Pues que ya no temeré nada.
María.- ¡Menuda respuesta para Cuaresma! Muy bien sé yo de dónde sale eso de “colores, cuellos y collares”.
Feste.- ¿Sí? ¿De dónde, mi buenísima señora María?
María.- ¡De la guerra! Podéis explicarlo por ahí, pues sois necio.
Feste.-  Aumente Dios la sabiduría a los que mucha tienen y permita que los necios usen la que les queda.
María.- Te van a colgar por tardar tanto. O te pondrán en la calle que viene a ser lo mismo. ¿No crees?
Feste.-  La horca siempre puede librarte de un mal casamiento. En cuanto a la calle, el verano me ayudará a soportarla.
María.- ¿Os mantenéis firme, entonces?
Feste.- No del todo. Pero, en verdad, dos puntos hay por donde me mantengo.
María.- De ese modo, uno aguanta si el otro se rompe. ¡Y si los dos se rompen abajo van los calzones!
Feste.- Muy sutil, ciertamente, muy sutil...Anda, sigue tu camino...y si logras que Sir Toby deje la bebida serás el trozo de carne más sabroso que Eva parió en Illiria.
María.- Cállate de una vez bribón. Aquí  llega mi ama. Esmérate en tus excusas. Más te vale.   Sale.
Entran Olivia, Malvolio y criados.
Feste.- Oh ingenio, ayúdame a estar a la altura de un buen necio. Esos que creen poseerte con su talento no son sino estúpidos y yo que carezco de sesos pasaré por un sabio. Ya lo decía Quinapalo “mejor un tonto listo que un listo tonto”...Dios os bendiga, señora.
Olivia.- ¡Fuera! ¡Llevaos al bufón!
Feste.- ¿No habéis oído, compadres? Llevaos a la dama...
Olivia.-  ¡Basta! Bufón, te quedas seco y sin gracias. Estoy harta de ti; además te has vuelto poco honrado.
Feste.- Esos son defectos, madonna mía, que se arreglan con consejos y n buen trago. Dadle bebida a un seco bufón y ya no será un bufón seco. Decidle a un sinverguenza que se enmiende, y volverá, si se enmienda la vergüenza; y si no lo hiciera, mandadle al sastre a remendarlo: pues toda enmienda es un remiendo. La virtud violada no es sino remedo de pecado, y la enmienda del pecado no es sino de la virtud remedo. Si os sirve este silogismo, bien, y si no, ¡qué re...miendo!, pues le es más fiel al cornudo su desgracia que a la flor su belleza...Os ordenó la dama que os llevarais al bufón: lleváosla, pues, a ella.
Olivia.- Señor, fue a vos a quien ordené que se llevaran.
Feste.-  ¡Error fue ése del más alto grado! Señora mía: cucullus non facit monachum,que es lo mismo que decir que no llevo el hábito de bufón en el seso. Dadme licencia, mi madonna, y probaré que sois bufona.
Olivia.- ¿Y cómo vais a probarlo?
Feste.- Con toda destreza, madonna.
Olivia.- Venga la prueba.
Feste.- Os he de catequizar primero; contestadme, mi buen ratoncito virtuoso.
Olivia.- Me someteré a vuestra prueba pues no tengo distracciones.
Feste.- Buena  madonna, ¿por qué estáis tan afligida?
Olivia.- Buen bufón, porque mi hermano ha muerto.
Feste.- Sé que su alma fue al infierno, madonna.
Olivia.- Sé que su alma está en el Cielo, bufón.
Feste.- ¿Por qué os afligís entonces, madonna, si el alma de vuestro hermano voló al cielo? Llevaos al bufón, caballeros.
Olivia.- ¿Qué opináis de este bufón, Malvolio? ¿Creéis que tiene remiendo?
Malvolio.-  Sí, claro, cuando venga a sacudirle el estertor de la muerte. Y el mismo desvarío, que es ruina de los sanos, es esencia de los locos.
Feste.- Urge, pues, que os envíe Dios ese desvarío, señor, para que lleguéis a ser todo un necio. Aunque Sir Toby pudiera demostrar que yo no soy un zorro, no podría afirmar, ni por la cantidad de dos peniques, que vos no seáis tonto.
Olivia.- ¿Qué contestáis a eso, Malvolio?
Malvolio.- Me asombra que vuestra señoría encuentre complacencia en un bribón tan escurrido; no ha mucho vi cómo le vencía uno de esos bobos de taberna con piedras en el cerebro. Miradle, ¡qué desarmado está ya! Éstos, se quedan sin palabras si no se les sigue el juego ni se les ríen las gracias. En verdad pienso que las personas sensatas que se divierten con estos bufones sólo son bufones de sí mismos.
Olivia.-  ¡Cuán enfermo estáis de autosuficiencia Malvolio! ¡Y cuán destemplado de gusto y apetito! Quien de verdad es generoso, liberal, inocente y de naturaleza noble, no toma por bolas de cañón lo que no son sino flechas para cazar pájaros. Nada hay de ofensivo en un bufón descarado, aunque él se proponga ofender, ni ofensa en un discreto aunque lo repruebe todo.
Feste.- Que Mercurio te enseñe a mentir, pues que hablas bien de estos bufones.
Entra María.
María.- 
Señora, en la puerta hay un mancebo que insiste en hablar con vos.
Olivia.- ¿Viene de parte del conde Orsino?
María.- No sabría deciros, madam; sólo que es muy gallardo y con buena compañía.
Olivia.- ¿Quién de los míos lo está entreteniendo?
María.- Sir Tobby, mi señora...vuestro pariente.
Olivia.- ¿Sir Toby? Que no se me acerque. No dice más que tonterías ¡qué vergüenza! Id vos, os lo ruego, Malvolio...y si fuera un enviado del conde, decidle que estoy enferma o que he salido...o lo que sea, pero decidle que se vaya. Sale Malvolio. Ya habéis visto, señor mío, cuán anticuadas están vuestras bufonadas y qué poco complacen a mi gente.
Feste.-  Vos hablasteis, madonna mía, y no nosotros. ¡Como si vuestro hijo mayor fuera bufón! Que Júpiter le rellene el cráneo de sesos, pues ahí llega...  Entra Sir Toby   uno de vuestra familia con la piamáter bien débil...
Olivia.- ¡Y bien ebrio, por mi honor! ¿Quién es el que está a la puerta, primo?
Sir Toby.-  Un caballero...gentilhombre.
Olivia.- ¿Un gentilhombre? ¿Qué gentilhombre?
Sir Toby.- Pues uno gentil y hombre que está ahí... !Malditos sean los arenques en vinagre! (A Feste) ¿Eh, cómo estáis, compañero empinador...?
Feste.-  ¡Bien, muy bien, señor don Toby!
Olivia.-  ¿Cómo llegáis tan temprano, así de ebrio y acojinado?
Sir Toby.-  ¡Acojinado yo! Yo te desafío acojinamiento...Prima, hay alguien esperando.
Olivia.- Sí, ya lo sé, ¿quién es?
Sir Toby.- Por mí como si es el diablo...No me importa...Os lo digo, creedme...Bueno, ¿qué más da? Sale Sir Toby; tras él, María.
Olivia.- Oye, bufón, ¿a qué se parece un hombre borracho?
Feste.-  A lo que más se parece es a un ahogado y a un hundido, a un bufón y también a un tonto y a un loco; el primer trago de más lo atonta, el segundo lo enloquece y el tercero lo hunde y lo ahoga.
Olivia.-  Anda, vete a buscar al juez y que se ocupe de mi pariente, pues lo veo acocullado en tercer grado, o sea ahogado. ¡Ve! Ocúpate de él.
Feste.- Lo veo un poco loco solamente...; se ocupará así un bufón de un loco.  Sale.
Entra Malvolio.
Malvolio.-  Señora, este joven gentilhombre insiste en hablaros. Ya le he dicho que estáis indispuesta, y me responde que ya tenía conocimiento de ellos y que por eso quiere hablar con vos. Luego le dije que estabais durmiendo, y que también lo sabía me ha respondido, razón por la que también quiere veros; ¿qué puedo decirle yo? Parece fortificado contra las evasivas...
Olivia.- Decidle que no conseguirá hablar conmigo.
Malvolio.- ¿Y qué creéis que he hecho hasta ahora? Pero dice que se plantará como insignia a la puerta de un alguacil hasta convertirse en pata de banqueta, y consiga veros.
Olivia.-  ¿Qué especie de hombre es?
Malvolio.- De la humana especie, mi señora.
Olivia.- ¿Y cuáles sus maneras?
Malvolio.- Pues malas y amaneradas. Quiere hablar con vos tanto si queréis como si no.
Olivia.- ¿Qué aspecto tiene y cuántos años?
Malvolio.-  Para ser un hombre le faltan años, y, creo que le sobran para mancebo, parece como la vaina antes que le brote el guisante o la manzana que no está madura...Anda entre dos aguas, pues no es ni abril ni viril; en cuanto a sus formas, las tiene muy buenas, aunque es un insolente. Podría decirse que aún le queda en los labios algo de la leche...de su madre.
Olivia.- Decidle que entre y llamad a mi doncella.
Malvolio.- ¡Doncellaaaa! Os llama mi dama y señora.  Sale.
Entra María.
Olivia.- ¡Mi velo, ea! Cubridme la cara. Escucharemos otra vez la embajada de Orsino.
Entra Viola.
Viola.- ¿Quién es la honorable señora de la casa?
Olivia.- Habladme a mí, que he de responder por ella. ¿Qué queréis?
Viola.- ¡Oh, la más radiante y exquisita! ¡Oh, belleza incomparable!... Os lo ruego, sois vos la señora de esta casa? Decídmelo vos pues que no la he visto jamás...no quisiera echar a perder mi discurso, pues, a más de estar escrito con gran elocuencia, fue trabajoso aprenderlo. Oh, vosotras, llenas de hermosura, no me mortifiquéis con el desaire. ¡Temo tanto, tantísimo, la más leve indelicadeza!
Olivia.-  ¿De dónde venís, mi señor?
Viola.- Poco sé decir, sino lo que he estudiado, y esa pregunta no está en mi papel. Oh, mi muy gentil dama, decidme ¿sois vos la señora de esta casa...para que pueda comenzar mi parlamento?
Olivia.- ¿Sois acaso un comediante?
Viola.- No, mi muy profunda amiga. Juro, sin embargo, con malicia, con perfidia, que no soy lo que represento...¿sois vos la señora de esta casa?
Olivia.- Si no he de usurparme a mí misma, sí, lo soy.
Viola.-  Muy cierto, pues que a vos misma os usurpáis, ya que lo que os pertenece para goce de los demás no os pertenece para que os lo mantengáis oculto...Pero no vine a eso...Seguiré con mi parlamento en loor vuestro y os revelaré luego el secreto de mi visita.
Olivia.-  Ateneos a lo de importancia; os perdono la loa.
Viola.- ¡Tanto esfuerzo para estudiarlo...! ¡Y tan lleno como está de poesía!
Olivia.-  Más falso ha de sonar entonces. Prescindid de él, os lo suplico...Me dicen que os habéis mostrado insolente a la puerta de mi propia casa. Si os permití entrar fue más guiada por mi curiosidad que por escucharos...Idos ya si no estáis loco...O sed breve, si es que os queda juicio...No estoy de buena luna para un diálogo así de estúpido.
María.- Si queréis izar velas, señor, permitid que os señale el rumbo...
Viola.- No, mi grumete, me quedaré al pairo un rato más... Ayudadme a calmar a esa gigante señora vuestra, dulce doncella, ¿no queréis escucharme? Soy un mensajero...
Olivia.-  Seguro que el mensaje es harto horrible, cuando el preámbulo es tan retórico. ¿Cuál es vuestra embajada, ea?
Viola.-  Sólo interesa a vuestro oído...y no vengo ni a declarar la guerra ni en demanda de pleitesía. Traigo la rama de olivo y vengo en son de paz, y llenas de esa paz están todas mis palabras.
Olivia.- No fue muy cortés vuestro debut...¿Quién sois? ¿A qué habéis venido?
Viola.-  Fui, señora, tan cortés como lo fue vuestra bienvenida...En cuanto a quién soy y a lo que vengo son cosas tan íntimas como lo es la virginidad: cosas divinas para decir al oído, y muy profanas para que las sepan otros.
Olivia.- Dejadnos a solas.  Salen María y criados.   ¿Puedo escuchar ahora esas cosas tandivinas? Veamos, señor, recitadnos vuestro texto.
Viola.- Oh, mi dulcísima señora...
Olivia.-  Oh, texto reconfortante; oh, cuán sabia esa doctrina... ¿Pero, dónde está el argumento?
Viola.- En el corazón de Orsino.
Olivia.- ¡En su corazón! ¿Pero en qué capítulo?
Viola.- Metódicamente contestando, diré que en el primer capítulo de su pecho.
Olivia.- ¡Me lo conozco! Está lleno de herejías. ¿Tenéis algo más que añadir a esto?
Viola.-  Bondadosísima señora, ¿dejáis que vea vuestro rostro?
Olivia.- ¿Traéis embajada de vuestro amo para negociar con mis rostro? Creo que os estáis excediendo en el papel; pero, sí, descorramos el telón para que podáis ver la escena. Fijaos bien señor, ¿algún cambio en la representación del cuadro? ¿Alguna imperfección?
Viola.-  Admirablemente hecho está. ¡Como hecho por el mismo Dios!
Olivia.-  Hecho para resistir al tiempo...contra vientos y mareas.
Viola.- Oh, belleza bien labrada con rosas y jazmines puestos por la dulce y experta mano de la naturaleza, cruel sois, señora, la más cruel de cuantas viven, si lleváis con vos vuestra belleza ante la tumba, si no dejáis una fiel réplica para que goce el mundo.
Olivia.- No, señor, no es mi corazón tan duro, pues he de dejar al mundo documentos de mi belleza y constará en testamento, y cada parte, cada detalle, llevará un rótulo. Así por ejemplo, lote primero: dos labios razonablemente rojos; segundo: dos ojos grises con sus correspondientes párpados; un cuello, un mentón, etc...¿os han enviado aquí para realizar la tasación?
Viola.- Ahora lo veo. Sois de natural orgullosa. Pero, fuerais el mismo diablo, y seríais bella. Mi amo y señor os ama. Un amor así debería encontrar recompensa, aunque estuvierais coronada la más bella en el universo.
Olivia.- ¿Cómo es su amor?
Viola.- A vos se consagra con lágrimas copiosas, truena como rayo enamorado...y en suspiros se abrasa.
Olivia.- Mucho me conoce vuestro amo. Aunque no pueda amarle, sé que es virtuoso, sé que es de corazón noble, sé que es hombre de rango, joven, puro y sin mancha, de reputación grande, culto, generoso, gallardo, y muy apuesto, y proporcionado en sus formas. Sé que es hombre cabal, pero no puedo amarle, y también que desde antiguo conoce mi respuesta.
Viola.-  Fuera yo mi señor, y os amara con su mismo fuego, fuera tan grande mi sufrimiento, tan mortal fuera la vida, y no entendiera yo vuestro desdén, no lo comprendería.
Olivia.- ¿Y qué haríais?
Viola.-  Haría con sauces un cobijo a vuestra puerta y clamaría hasta que mi alma penetrara en vuestra casa. Escribiría serenatas de amor desdeñado y las cantaría en medio de la noche oscura. Vuestro nombre buscaría en el eco de los montes hasta que el viento, balbuceante, charlatán, dijera más y más fuerte: “!Oliviaaa!” y no tendríais reposo, os lo aseguro, atrapada entre tierra y viento, hasta que de mí os compadecierais.
Olivia.- ¿Eso haríais vos? ¿Cuál es vuestra ascendencia?
Viola.- Es más alta que mi fortuna, aunque es alto el rango que poseo. Soy un gentilhombre.
Olivia.-  Id hasta vuestro amo. No puedo amarle. Ya no quiero embajadas, a menos que fuerais vos quien las trajera para decirme cuál sea su reacción. Id con Dios. Os doy las gracias por vuestro afán. Aceptad esto.
Viola.- No soy un mercenario. Guardad vuestro dinero; mi amo, no yo, merece recompensas, ¡convierta en piedra Amor el corazón de quien améis! Encuentre vuestra pasión sólo el menosprecio que usasteis con mi dueño. Adiós, belleza cruel. Sale.
Olivia.-  “¿Cuál es vuestra ascendencia?” “Más alta que mi fortuna, aunque es alto el rango que poseo: soy gentilhombre.” ¡Y tanto! Tu lengua, rostro y cada parte de tu cuerpo, tu aspecto todo, quintuplican tus blasones. Pero calma, ¿y si fuera el amo este criado? ¿Y bien? ¿Así de rápido me penetra este contagio? Siento cómo sus perfecciones de mancebo se introducen, sutiles e invisibles, deslizándose en mis ojos. ¿Y bien? ¡Sea! ¿Qué hay Malvolio? Entra Malvolio.
Malvolio.-  Aquí, señora, a vuestro servicio...
Olivia.- Corred tras ese insolente mensajero, el criado del conde: olvidó este anillo a pesar de mi rechazo. Decidle que no lo quiero. Decidle también que no dé esperanza a su amo con lisonjas inútiles, pues no he de ser suya, y si el mancebo volviera, acaso mañana, sabré darle mis razones. Apresuraos, Malvolio.
Malvolio.-  Me apresuro, señora.  Sale.
Olivia.-  Sé lo que hago, y no lo sé. >Mucho temo que mis ojos hayan topado con excesivo halago para mi mente. ¡Muestra tu poder, Destino! ¡Pues no somos dueños del deseo, sea todo como tú has decretado! ¡Sea!  Sale.

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