Escena II
Entran Viola, un capitán y marineros.
Viola.- ¿Qué país es éste, amigos?
Capitán.- Illiria, mi señora.
Viola.- ¿Y qué haré yo en Illiria si mi hermano está en Eliseo? ¡Ojalá no se haya ahogado! ¿Qué decís, marineros?
Capitán.- ¡Vos misma os salvasteis de milagro!
Viola.- ¡Pobre hermano mío!... ¿Y si se hubiera salvado también?...
Capitán.- Cierto, mi señora, si os sirve de consuelo sabed que, a poco de partirse en dos vuestro navío, cuando vos y los otros pocos que se salvaron os aferrabais a nuestro esquife a la deriva, vi a vuestro hermano que, consciente del peligro, se amarraba –esperanza y coraje por consejeros- a un grueso mástil que sobresalía de las aguas; parecía Arión a lomos de un delfín...De tal suerte luchaba en contra de las olas, mientras le tuve al alcance de mis ojos.
Viola.- Aceptad estas monedas de oro; gracias por hablarme así; espero que mi suerte sea también la suya; pongo mi fe en lo que dices acerca de su suerte. ¿Conocéis vos este país?
Capitán.- Sí, señora, ya que nací y crecí a menos de tres horas de este mismo lugar.
Viola.- ¿Sabéis quién gobierna aquí?
Capitán.- Un duque tan noble de carácter como de rango.
Viola.- ¿Cuál es su nombre?
Capitán.- Orsino.
Viola.- Orsino... He oído ese nombre en boca de mi
padre. Era soltero si no recuerdo mal.
Capitán.- Y sigue siéndolo o lo era hasta hace poco.
Tan sólo hace un mes salí de aquí y se decía entonces con insistencia –ya
sabéis cómo el pueblo suele murmurar de los que son nobles- que estaba
enamorado de la bella Olivia.
Viola.- ¿Y quién es ella?
Capitán.- Una mujer virtuosa, hija de un conde. Él
murió hace ahora un año, dejándola al cuidado de un hijo –quiero decir un
hermano de ella- que también murió no hace mucho. Dicen que por su amor ha
abjurado del trato con los hombres o de su mera compañía.
Viola.- Si pudiera entrar al
servicio de esa dama sin que nadie en este mundo lo supiera...esperaría así la
ocasión propicia para revelar mi rango.
Capitán.- Será harto difícil ya que no quiere saber de
nadie, ni siquiera del duque.
Viola.- Me parecéis un hombre
honesto, capitán, y aunque a veces la naturaleza rodea de hermosura lo que es
vicioso, creo sin embargo que en vos la mente está en todo acorde con la amable
apariencia de vuestro cuerpo. Os ruego –y he de agradecéroslo en abundancia-
que no reveléis mi identidad y que me ayudéis a ocultarme bajo la forma que
mejor me convenga para mis planes. Entraré al servicio del duque. Vos seréis
quien me presente: diréis que soy un eunuco; y puedo conversar con él de
música, de suerte que me juzgue digna de su servicio. Sólo el tiempo dirá qué
puede resultar de todo esto. En cuanto a vos, ajustad vuestro silencio a mi
ingenio.
Capitán.- Haced vos de eunuco, que yo haré de mudo.
¡Quédeme yo ciego si mi lengua osara hablar!
Viola.- Os lo agradezco, guiadme. Salen
No hay comentarios:
Publicar un comentario